ESPERANZAS EN LA HUMANIDAD

Hoy mi mejor amiga me ha dicho que ha perdido la esperanzas en la humanidad. Ella es enfermera de cuidados intensivos en uno de los hospitales más prestigiosos de España en Barcelona. Junto a mi hermana y madre, ambas médicos, como guerreras han estado en la primera línea de combate del llamado COVID-19. Sin armadura, sin protección y sin previo aviso las mandaron a salvar cientos de vidas y a proteger a miles. La muerte, en camillas rodantes, arrebataba cada día docenas de almas. Muchas de ellas, almas buenas y de una generación que conoce lo que es el trabajo de la tierra y levantar un país.

Mi amiga que comentaba con la mayor de la impotencia como tras dos meses de trabajo extenuante ahora ya la irresponsabilidad de los cuidados premia y parece que no hubiese ocurrido nada.

Por mi parte observo como estamos en medio de la mayor crisis ambiental de la historia de la humanidad. Parecía que el coronavirus nos ha azotado para hacernos ver que no somos intocables, que pertenecemos a un planeta lleno de vida, que nuestra arrogancia e indiferencia hacia la destrucción al fin tiene consecuencias. Sin embargo, cuando estábamos encerrados en nuestra casas observamos con admiración como otros seres, aves y mamíferos, tomaban las calles con timidez. Aparecieron fenómenos de algas fluorescentes que iluminan playas y olas por kilómetros en las costa sur de EEUU. Cientos de tortugas marinas por primera vez en una década pudieron desovar tranquilas en costas desiertas del Índico. Una atmósfera nítida desvelaba la cumbre de los Himalayas y tornaba en azul el cielo gris tras el Taj Mahal. Y siguiendo estos ejemplos cientos más. Pareciese como si le estuviéramos dando un respiro al planeta tierra, a la Naturaleza. Como si nosotros tuviéramos que retroceder para que ella pudiera sanar de tantas heridas como le estamos haciendo. Pareciese como si los humanos hubiesen necesitado el miedo a nuestra propia extinción para ver que nuestra especie está causando la desaparición de millones de especies. Parecía que había esperanzas para la Naturaleza y para la humanidad. 

Pero ha medida que el tupido velo del miedo desaparece la realidad vuelve a surgir. Los océanos se han plagado de mascarillas y guantes desechables. La efímera conciencia sobre los productos de un solo uso de plástico que comenzaba a instaurarse en la sociedad, ha sido desplumada con recomendaciones desproporcionadas de sanidad. En el Amazonas, compañías madereras han aprovechado la atención desviada para incrementar vertiginosamente su ritmo de tala. Cuentan con el apoyo del gobierno, tienen carta blanca para asesinar a conservacionistas ya sean científicos o indígenas, que intentan frenar esta atrocidad. En India compañeros compartían imágenes de parques nacionales quemados por haber sido vendidos para yacimientos de petróleo. En África, los furtivos frente a la falta de turistas y guardas, han tomado las reservas y matan tantos elefantes y rinocerontes encuentran a su paso.

Ayer en un supermercado, aquí en Pretoria, Sudáfrica, observaba la fila de aliens (seres desconectados del planeta tierra) en lo que nos hemos convertido. Un chica frente a mí, cubría su ojos con gafas de sol, sus oídos con iPods, su boca y nariz con mascarilla… Por obligación o por placer hemos aislado todos nuestros sentidos del exterior y nos encerramos en un interior vacío que intentamos saciar con objetos. Ahora entiendo la falta de empatía por el mundo natural, un mundo lleno de vida, de olores, de sabores, de colores. Un mundo que parece de otro planeta para estos aliens que lo destruyen a su paso.

«Para que el mal triunfe, lo único que tiene que pasar es que la gente buena haga nada«

Sin embargo, y a pesar de esta realidad me niego a perder la esperanza en la humanidad, lo necesito creer para poder seguir luchado. Y es que hay muchas almas buenas comprometidas por salvar lo que queda del planeta que nos engendró. Muchos profesionales comprometidos deseando saber cómo hacer el bien, cómo proteger, cómo conservar. Y confío que el azote emocional, físico y económico que nos está dando este virus, nos sirva para aprender a ser más humanos. Para que la gente buena entienda que para que el mal triunfe, lo único que tienen que hacer es no hacer nada.

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