De Casa a Etosha

«Namibia es de esas tierras mágicas que te deja con el alma exaltada y el corazón sobrecogido».

De los gigantes en Etosha a los invisibles en el desierto de la Luna. Fascinados por la gran inmensidad y ciegos por lo desconocido, Namibia es de esas tierras mágicas que te deja con el alma exaltada y el corazón sobrecogido. Es éste, uno de esos maravillosos mundos en los que la vida habita en las grandes extensiones de sabana llenas de mamíferos, se extiende por los inhóspitos recorridos rocosos rojos y de arena blanca, donde los líquenes multicolor aparecen como diminutos seres místicos. Y como de costumbre, tras visitar semejantes paraísos naturales, me despido con ese sabor agridulce al conocer la fragilidad de su equilibrio exquisito y con la preocupación de un futuro incierto.
Aterrizamos en Windhoek, y tras recoger el acertado Toyota Hilux modificado para siete plazas, nos dirigimos una hora al norte haciendo noche en Okahajna Country Lodge. Es este un alojamiento de habitaciones modestas, pero con un entorno bien cuidado, donde disfrutamos de una cena de carne jugosa. Fue una buena combinación para empezar a saborear al más estilo africano. Mamá, Papá, Mara y Antonio habían aterrizado apenas dos días antes en Johannesburgo. Dos noches en casa valieron para encariñarse con nuestros carismáticos niños; Bella (antílope de las rocas) Stokkies (mi bebe, el suricato) Shaka y Bushman (nuestros fieles perros). También tuvieron la oportunidad de visitar a los rinocerontes y como es costumbre, asombrarse de su indescriptible gentileza y dulzura pidiendo caricias. Por supuesto, Sophy y Blue, los guepardos, nos deleitaron con sus entrañables ronroneos y lamidos. A la mañana siguiente, tras comprar el orgullo de Namibia, “biltong y dry wors”, partimos hacia el soñado parque Nacional de Etosha. Tres noches pasaríamos en Mokuti, un renovado lodge lleno de comodidades para turistas y a las puertas de Etosha.
El constante polvo en suspensión impone los colores de este paisaje. El tenue sol de los amaneceres y atardeceres tiñe suavemente durante varias horas el cielo con una gama de rosas y morados. Y ahí estábamos, viendo los estanques de agua que tantas veces había admirado en fotografías y cuyas imágenes siempre pensaba que retocaban. Pero son ciertas y reales. Las siluetas se reflejan en un espejo de oro. La época seca concentra las manadas allí donde saciar la sed creando un deleite de especies para los amantes de la fotografía. En mitad del día un cielo gris se funde con la arena blanca. Los arbustos y acacias ahora desnudos crean un paisaje árido pero hermoso. Los animales de pelaje marrón parecen rojos al contraste con la claridad del entorno, los ñus crean siluetas oscuras y los orix son una pintura lineada con el más fino crayón. Los springbok desaparecen en las doradas llanuras de hierba dulce, y los delicados damara dic-dic se mimetizan en parejas. Los grandes carnívoros tienen el festín servido. Pero como explicaba, cada especie midiéndose con aquellos de su tamaño, respetando el ciclo de la vida y sin malgastar innecesariamente energías. Una leona bebe agua aún con las patas manchadas de sangre. Una hembra guepardo y sus tres crías se resguardan del abrasador medio día bajo la sombra de un árbol. Un atrevido y coqueto leopardo joven nos detuvo el paso en la carretera. A la noche los astutos jacales armonizan con sus cantos.

Los majestuosos elefantes son en su mayoría solitarios machos adultos, otros más jóvenes se agrupan en pequeños números, tres de ellos juegan inmersos en una de las charcas. Me sorprendió no ver grandes manadas de hembras y crías. Entendía que todos, o la mayoría, habrían partido al norte a zonas de humedales, pero frescas huellas y excrementos de distinto diámetro nos llevaron a uno de los momentos más memorables, donde la sabia hembra matriarcal guiaba su familia. Los adolescentes como en todas las especies se mostraban desafiantes y vacilantes con el coche, pero como era de esperar, tras una exhibición de cabeza alta, orejas abiertas y trompeteo, la falta de coraje propia de la edad los mantuvo en la distancia. Rodeados de estos gigantes gentiles y silenciosos pasamos unos minutos de paz y emoción.
Un mortífero e inmenso océano de sal ocupa la planicie central de este parque nacional a la espera de la estación lluviosa, y el mismo se tornará en la esencia de la vida y traerá de vuelta las crías y aquellos que migraron al Delta.

En lo alto de una colina vimos nuestro último atardecer en Etosha. Será esta una de esas imágenes que se tatúan en la memoria. Una visión con la que había soñado durante años o quizás toda mi vida. La inmensidad se extiende ante nosotros, es el todo y la nada. Manadas de herbívoros pastan en la llanura, bandadas de aves dan vida al aire, tras ellos, el infinito blanco. Como en la más perfecta de las pinturas, un tenue sol desciende tímido creando la perfección en armonía y tonalidades.

Disfruto compartiendo con nuestros compañeros de viaje la punta de iceberg de mis conocimientos descubiertos en la naturaleza. Rodeados solamente de humanos e inmersos en una irrealidad artificial, en los piases desarrollados somos unos completos desconocedores de nuestro planeta y de la realidad más tangente que es su vida natural. El desconocimiento nos hace temer y nuestra ignorancia destruir el tesoro más valioso que tenemos. Creedores a imagen y semejanza de dioses, estos torpes de dos patas desestimamos la sabiduría, respeto y complejidad de otros seres. Como una plaga destruimos todo a nuestro paso, empujando la vida, la fauna salvaje, a aislados paraísos naturales cada vez más escasos.

Ai-Aiba , la Tierra de los San

Nuestro siguiente destino era Ai-Aiba. Las expectativas eran altas, pero la realidad las sobrepasó. Tras cuatro horas conduciendo por asfalto hacia el suroeste, la pista de arena comienza y con ella un paisaje de rocas redondas apiladas formando montañas nunca vistas hasta entonces. Pasamos una verja que delimita una reserva protegida de 200.000 hectáreas. En Namibia las extensiones son en su mayoría grandes, pero este lugar es inmenso. La piedra de tonalidad rojiza irradia una energía especial, estoy convenida que está cargada de iones positivos. Es un lugar donde recargarse, desconectar de todo y conectar con uno mismo. El lodge está enclavado bajo una pared de piedra natural y mimetizado con el medio. Coquetas cabañas de extensos tejados de paja se alinean albergando las habitaciones. Una estancia central se abre a un oasis de palmeras rodeando la piscina. No tardamos en cambiarnos y acompañados de Immanuel, vamos a descubrir las ancestrales pinturas de los legítimos habitantes de esta tierra, los bushman. Se distinguen con claridad dibujos de jirafas y otros antílopes. Una mezcla de sangre y minerales ha preservado estas obras de arte expuestas hasta la actualidad. Tras una agradable caminata nos detenemos en lo alto para admirar las vistas y saborear una cerveza. El horizonte se extiende hasta donde alcanza la vista, sin luces artificiales, sin vallas ni carreteras que corten la belleza del entorno. Es la nada y es el todo. Una planicie inmensa de pequeños matorrales está decorada por estos carismáticos levantamientos de gigantescas rocas redondas. Es el cuarenta y uno aniversario de enamorados de papá y mamá. Mamá, dulce y tímida como el primer día y papá, romántico como siempre. Este lugar saca lo mejor de ellos. Por la noche, bajo una luna llena, organizamos una cena con champán para celebrar y dejar los sentidos fluir. En una mesa redonda, arropados por las grandes palmeras, se creó la más emotiva de las veladas, donde los sentimientos nos embaucaron. Una total armonía y unión nos hechizó a los seis allí presentes.

Al alba, tras un buen desayuno, nos despedimos de nuestros anfitriones y vamos a visitar el poblado de los San, (antes llamados bushman). Es una tribu que vive del turismo preservando sus costumbres. Aquellos que eran hasta hace menos de cincuenta años perseguidos y cazados, pueden ahora hacer una vida sostenible y con orgullo mostrar esta cultura intangible. Existe un debate ante esta situación, mi opinión es apoyarlos visitándolos, pues desafortunadamente, en el mundo en el que vivimos, como todo lo natural, ellos también están en peligro de extinción.
Vestidos con el mínimo ropaje hecho a base de cuero y cuerdas, las mujeres con sus respectivos bebes colgados del pecho, trabajan cáscara de huevo de avestruz para hacer collares y otros complementos. Los niños corretean desnudos y posan para las bien conocidas cámaras y smartphones. Los hombres nos enseñan en parejas el arte de hacer fuego, trampas y la caza con arco. Papá, maestro y eterno aprendiz, disfruta de cada detalle con atención. Desde que llegamos vi como miraba con admiración el cuchillo hecho a mano que los chicos usaban. Martin me dijo que nunca me lo venderían, por el valor sentimental que le tendrían. Tras un poco de negociación, sabiendo que ellos podrían hacer otro, papá tuvo un ejemplar único que añadir a su colección. Aceptó con orgullo el presente y lo agarró como si fuese el mayor de los tesoros. Emocionado agradeció el gesto a su nuevo amigo líder de los San. Son estos pequeños detalles los que una hija hace con todo amor y llenan a un padre de satisfacción.

El paisaje de la luna y el desierto de las ninfas

De camino a Swakopmund decidimos desviarnos hacia el desierto para visitar el llamado paisaje de la Luna, el cual, sin lugar a dudas honra su nombre. Inmensas dunas de arena blanca nos abrían paso en la pista del mismo color. Como transportados a otro planeta nos adentrábamos asombrados en este escenario abrumador. Las antiguas películas de Indiana Jones se quedan cortas comparadas con tales decorados. Y en medio del camino, un oasis total. Pequeños huertos de árboles frutales, altas palmeras y verde hierba, daban cobijo a una bonita casa colonial, donde predominan el blanco y azul que a mamá tanto le gustan. Disfrutamos de unas exquisitas tartas artesanas y seguimos nuestro camino. Sumergidos de nuevo en la aridez, conducimos apenas diez minutos cuando encontramos un mirador imposible de describir. Se cree una de las cordilleras montañosas más antiguas de la tierra. Afiladas pirámides en tonos grises, rojos y beiges se trenzan creando este paisaje de la Luna. Se extienden por kilómetros. De nuevo la inmensidad más absoluta, de nuevo, el todo y la nada.
Camino a nuestro destino los espejismos se suceden en el horizonte plano, juraríamos que son lagos de agua. Pero al aproximarnos la ilusión desaparece y deseamos no ser náufragos en este mar de arena.

 

En Swakop nos esperaba una casa bonita y moderna bien acondicionada para fiestas. No tardamos en hacerla nuestro hogar. Tras la compra de comida y buenos vinos, esa noche disfrutamos del self-service. Los planes de la mañana siguiente, a cargo de Martin, parecían confusos, pero como madre bien dice, el señor nos puso delante la solución. Cuando salíamos, Martin saludó y conversó con el vecino pidiendo consejos de ruta. Quizás fue gracias a su carisma o capacidad de hacer amigos, la cuestión es que el señor se ofreció encantado a acompañarnos como guía. Stephan había sido ingeniero, pero a esta edad, el aburrimiento se lo comía en esta tranquila ciudad de costa. Seguramente esta combinación de un paisano africaner, con españoles es lo más divertido que le había pasado en semanas. La sorpresa y agradecimiento fue el nuestro, pues nos descubrió los alrededores como nunca lo hubiésemos visto. Escalamos la gigantesca duna Número Siete, la cual papá conquistó llegando a la cima el primero y haciendo honor a su número. Los demás llegamos detrás pero agotados y sin aliento. Entre la arena se concentran escamas de plata. No sabíamos que mineral sería, pero sí que nos llevaríamos algún kilo de recuerdo. Tras varios kilómetros de carretera bordeada por dunas, nos adentramos en el desierto blanco de arena compacta. Y allí descubrimos un nuevo mundo lleno de vida. Con delicadeza Stephan tomó lo que parecía una pequeña piedra y la remojó con agua. Como ninfas despertando, se dilató y tornó en color. Son líquenes que habitan dormidos en la superficie, esperando el rocío de la noche para salir de su letargo. Es esta, la base de la supervivencia de muchos herbívoros y lo que permite la vida animal en este inhóspito paisaje. Fue entonces cuando cobró aún mas sentido si cabe la nombrada frase, “estábamos donde el todo y nada habitan”. Stephan insistió en no salirnos del camino, pues nuestros torpes pies humanos matan a decenas de líquenes a cada paso. El impacto es tal, que las huellas de tanques alemanes de hace cien años, aún están marcadas en la superficie.
Pero el día no había terminado, oculta entre dunas, una pequeña laguna rodeada de juncos albergaba decenas de aves rosas y blancas de largas zancas. Martin y yo nos aproximamos con sigilo mostrando nuestras habilidades de cazadores de momentos. Disfruto compartiendo este instante con mi amor, sabiendo que tánto compartimos y tan bien nos complementamos. Me deslizo por la arena con el teleobjetivo de 600mm y disparo. El intenso azul del agua es la base de hermosos flamencos de distinta madurez e intensidad de colores. Entonces notan mi presencia y alzan el vuelo, sus siluetas proyectan sombras en las dunas; en segundo plano el azul, ahora del cielo.

Éste no es el final, si no la primera de muchas aventuras por venir en Namibia.

Fabiola.

“El horizonte se extiende hasta donde alcanza la vista, sin luces artificiales, sin vallas ni carreteras que corten la belleza del entorno. Es la nada y es el todo”

Fotografías realizadas por Fabiola Quesada ©

Blog

Tanzania – 1/2 Tierra de Masais

Tanzania – 1/2 Tierra de Masais

En el territorio masai, las tierras les pertenecen por derecho hereditario. Tradicionalmente eran nómadas. En los últimos años se ha promovido la agricultura, lo cual está haciendo que se vuelvan más sedentarios. En zonas colindantes con parques naturales, ahora se cultivan tierras antes ocupadas por la sabana, zonas históricas de paso de animales, de elefantes entre otros muchos. Esto lleva a conflicto.

Tanzania 2/2 El Último Edén de las Sabanas

Tanzania 2/2 El Último Edén de las Sabanas

Perfecto y frágil son las palabras que describen a Ngorongoro Crater.
El equilibrio en el que se mueve este ecosistema, es absoluto. Hay suficiente de todo y demasiado de nada. Las poblaciones de herbívoros complementan perfectamente a los carnívoros y las aves dan ese toque de biodiversidad. Como cualquier equilibrio, es fácil de romper. Su amenaza actual son las enfermedades infecciosas, la consanguinidad y furtivismo.