«Entiendo y respeto más que nunca a Jane Goodall, por haber explorado sola, durante años, estos inhóspitos bosques de centro África y me identifico cuando decía que aquí en estos bosques encuentras la paz absoluta»
Este lodge de lujo, Enganzi, (el nombre que recibe el lucero de la luna) está fuera de mi presupuesto, pero hemos tenido la suerte de ser invitadas por Robert, nuestro conductor quien ha resultado ser el dueño de no solo éste, si no de varios alojamientos en distintos parques nacionales en Uganda. La decoración es exquisita y detallada. Los tejados de hierba están recubiertos en su interior por hojas de plataneras, esta combinación da una sensación de hogar y natural encajando a la perfección con el entorno. La construcción es de obra y madera. Las ventanas de lona y mosquiteras de tiendas de safari dan ese toque aventurero. La bañera blanca de patas plateadas y la amplia ducha de piedra son esa terminación que toda mujer aprecia y denota calidad.
Wildlife-Human Conflict and lose of Habitat
Antes de las huertas a varios metros, se ha excavado una zanja con el propósito de crear la primera barrera. Pero estos astutos grandullones en numerosas ocasiones empujan arboles creando puentes. Por tanto el gobierno está levantando una valla electrificada para mitigar el conflicto. Está aún en constricción, por lo que esta noche esperamos tambores y aspavientos en el encuentro. Esta comunidad de vecinos lleva años viviendo aquí, mucho antes de que se declarasen estas tierras Parque Nacional. Acordaron reducir sus extensiones y limitar sus viviendas a un área colindante con la carretera. Los elefantes llevan mucho mas años, usando estas rutas de tránsito, aunque es cierto también que les es difícil resistirse a jugosas hortalizas y frutas. La diferencia es que lo que hasta hace cuarenta años eran cientos de elefantes en una familia, ahora son una o dos decenas en el mejor de los casos. Estos acuerdos limitando el acceso de humanos y declarando espacios protegidos son los únicos posibles si queremos proteger el 10% de zonas naturales.
Estoy tomando una fotografía de este hipopótamo tranquilo cuando una moto pasa a dos metros de el. En mi entendimiento eso es extremadamente peligroso para el conductor, pero aquí parece ser normal.
A la mañana siguiente estoy nerviosa y no lo puedo ocultar. Hoy es el gran día, vamos a ver o intentar rastrear chimpancés en libertad. Pasamos seguridad con el documento mágico. Esta carta de invitación personaliza para mí y Jennifer, como representantes de WCMF y que Dr Robert organizó firmada por el director ejecutivo de UWA es un pase VIP para todos los parques nacionales que hemos visitado. Solo tenemos que pagar 50$ por esta actividad específica y realizada a título personal. Es temporada baja y por tanto mas económico. En otras áreas cuesta 150$. La misma actividad con los gorilas de montaña cuesta 600$-700$ en época alta y baja 350$. La diferencia de precio se debe a que los gorilas de montañas son una especie en peligro de extinción, solo quedan 800 en libertad y son muy limitados los grupos habituados y aún menor las zonas accesibles para turistas o zonas de no guerrilla. Los chimpancés también están amenazados pero por ahora sus poblaciones son ligeramente superiores. No hemos planteado la posibilidad de hacer proyectos con estas dos especies pues ya tienen mucho apoyo internacional y son numerosas las investigaciones tanto en medicina de la salud como en comportamiento. Gracias a generosas donaciones internacionales patrullas protegen a diario a ambas especies y por primera vez el número de gorilas está aumentando. Estos valientes soldados tienen mi mayor respeto pues se juegan la vida a diario por lo que es correcto, proteger nuestros hermanos tan cercanos. El éxito se lo debemos a dos grande mujeres que hace ya cuarenta años llamaron la atención de la comunidad internacional, Diane Fossey y Jane Goodall, esta última con ochenta y cinco años sigue luchando por los derechos y protección de los grandes simios.
Comenzamos el descenso de pendientes resbaladizas de barro negro. Para alivio de mi vértigo este tramo es corto pues pronto estamos en el interior de la garganta. Comenzamos nuestra caminata a ambas orillas del río cruzando por puentes colgantes. Monos rojos y colobos blancos y negros se columpian en las copas y ramas de los árboles. Su timidez y la velocidad de su marcha hacen imposible tomar una buena fotografía. Abajo en el río resuena el gruñir de los hipopótamos. Los encontramos por familias en distintos tramos del río. Los hipopótamos comen pasto arriba en la sabana por la noche y pasan el día descansando en el agua como modo de ahorro de energía y termo-regulación. Mi respeto cuando caminamos a pie junto a estos grandullones de dos toneladas es notorio. Hay una frase que dice: Hazlo, y si tienes miedo hazlo con miedo. Al igual que cualquier otro animal y a excepción del hombre, los hipopótamos no atacan sin razón. Las horas problemáticas son por la noche cuando salen a pastar y se sienten expuestos y ante un potencial amenaza, siendo la primera reacción el ataque. A pesar de conocer bien esto, no me siento cómoda cada vez que nos paramos en el paso de salida de estos gigantes a pocos metros de ellos y el macho dominante no nos quita ojo y eleva su cuerpo fuera del agua, no precisamente para que los turistas tengan mejor visión y fotografías. Será que me estoy volviendo demasiado precavida, o será que en estos años conviviendo con fauna salvaje he visto suficiente para no tentar la suerte. En cualquiera de los casos, disfruto al ver a estos dueños y señores del río en su hogar.
Caminamos durante dos horas yendo a los distintos árboles donde Ruth sabe que se suelen alimentar. Encontramos algunas huellas de nudillos (los chimpancés andan apoyando sobre los dedos segundo y tercero de la mano flexionadas a nivel de falanges medias y proximales). También nidos frescos que hacen cada noche y donde duermen de forma individual o las madres con sus crías. Los nidos más bajos son de los machos. Sin embargo no escuchamos las vocalizaciones que nos guíen a ellos. Este valle angosto es apenas doce kilómetros y decreciendo pues los humanos siguen tomando posesión de terreno. La familia de veintisiete chimpancés, a pesar de estar protegida en esta burbuja natural están bajo alta presión pues no tienen donde ir. Al producir suficiente alimento este lugar no es gran problema para la población inicial, pero al crecer, es importante que los machos y hembras jóvenes formen nuevos clanes y familias en un lugar distinto. De lo contrario los padres y madres comenzarían a criar con sus congéneres, y esto da lugar a la llamada consanguinidad, la cual da lugar a alteraciones genéticas. Esto es una problemática en numerosas especies, son las llamadas isla poblacionales. Donde poblaciones de animales están aisladas y rodeadas por humanos. La solución pasa por crear “corridors” pasos de conexión o captura y transporte para promover intercambio genético. Esta última no es una opción en grandes primates y cualquier otra especie donde los lazos familiares y estructural social son esenciales. Ruth nos comenta que los investigadores de la zona están luchando por una propuesta donde crear un corridor de árboles que los conecte con el bosque cercano.
A pesar de las expectativas, a medida que se agotaban las esperanzas el hecho de no ver esta vez a los chimpancés no me importaba, sabia que habría ocasiones futuras y el paseo en sí ya era muy reconfortante. El personaje de gorro rosa no pensaba igual y lanzaba comentarios de “yo no he venido de tan lejos para no verlos” “deberían ponerles sistema de rastreo así podemos encontrarlos fácil” “deberían hacer caminos más fáciles”.
Haciendo un gran esfuerzo por no crear conflicto, Jennifer y yo nos mordimos la lengua y no dijimos nada. Si quieres verlos 100% no vengas aquí, quédate en tu país y ve a verlos a un zoo, donde su tristeza satisfaga tu arrogancia. Es gente así, que solo busca un selfie, la que no se merece estos lugares ni todo lo que la fauna salvaje ofrece.
Pero la perseverancia de nuestra guía dio sus frutos. Escuchamos las primeras llamadas y gritos de los grande simios, aligeramos el paso en dicha dirección.
Tras instantes de armonía, nuestro cordial amigo continua su recorrido. Los seguimos en la distancia y nos detenemos bajo un árbol donde el macho dominante en la copa hace llamadas a las hembras indicando que aquí hay comida. Esperamos unos minutos y jóvenes y madres con bebés comienzan a salir de su escondite. El bebé de cara y pies rositas se aferra a la espalda de su mamá. Tiene más de ocho meses, pues cuando son mas jóvenes son transportados en el regazo de los brazo de sus progenitoras. Todos satisfechos partimos de regreso.
Nuestras propuestas de trabajo no incluyen grandes simios, es una especialidad en sí, está fuera de mi experiencia y por suerte tienen suficiente atención internacional. Sin embargo, cuentan con mi apoyo incondicional. Y a nivel personal, estoy deseando volver y pasar horas entre estas almas puras.
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