Tierra de Masais
«Cuando Dios nos da un don, quiere que lo usemos para ser felices pero también para hacer de éste un mundo mejor.»
En el hostal de un callejón de profundos baches en Arusha, no me siento extraña. Me han recibido con un «BIENVENIDA», honesto y real. Ante lo desconocido nos escudamos con la desconfianza y el miedo, pero desde que planeé este viaje, y a pesar de los consejos lógicos de familia y amigos, nunca tuve esas sensaciones. Y es que siento que estoy donde debo y casi pareciera que no es mi primera vez en esta tierra desconocida.
Es domingo y la calle está más tranquila que los días anteriores. Fuera se escuchan motos, familias paseando, niños jugando y perros ladrando. Al amanecer los gallos y la vaca en el establo son un buen despertador. Al atardecer la música de los bares ameniza el ambiente y se prolonga hasta altas horas de la noche. A los pies del verde Monte Meru, plataneras y otros árboles subtropicales se mezclan entre las casas multicolores.
Aterricé el martes pasado y, en los cinco días que llevo en este país, creo que ya sé más palabras en Swahili que de Tswana, Shuto o Thoxsa en los últimos nueve en años en Sudáfrica. Aquí existe un sentido del orgullo por lo suyo y el deseo de compartirlo. Mambo, Karibu, Asante Sana, Hakuna Matata, Rafiky… se repiten constantemente, hola, bienvenida, muchas gracias, no hay problema, amigo. Al blanco se le llama musungu pero no con un tono despectivo, o no en la mayoría de los casos.
Esta mañana, tras preguntarme si soy cristiana, el dueño del hostal me ha invitado a misa; con alegría he aceptado. Para mi sorpresa el orador es un americano-canadiense (hace años lo llamaríamos misionero). Su hija adoptiva ha comenzado el evento y otros dos pastores han transmitido el mensaje del día:
“Never give up, determination and perseverance are the keys to success. Don’t fear, believe in your dreams”. Nunca te rindas, determinación y perseverancia son las claves del éxito. No tengas miedo, cree en tus sueños.
“When God give us a gift, he wants us to use it to be happy and to make of this a better world”. Cuando Dios nos da un don, quiere que lo usemos para ser felices pero también para hacer de este un mundo mejor.
Palabras de inspiración y esperanza, apoyadas con un Aleluya guiaban el discurso. Yo, atónita escuchaba y preguntaba, – ¿Eso está en la Biblia? – Eso parece… (Prophet: Jeremiah 1:5, 9;1 Corinthians 14:3; Acts 11:27-28). En cualquier caso esto era una interpretación muy cercana. Miraba alrededor casi buscando cámaras ocultas. Es justo lo que necesitaba escuchar, o más bien recordar. “De acuerdo Dios, de acuerdo, estoy en el buen camino. Gracias por recordármelo”.
Con el propósito de comenzar proyectos de conservación de fauna salvaje (One Health/Conservation medicine) y a través de la Fundación Wild Spirit , junto a las autoridades y veterinarios gubernamentales de Tanzania y Uganda. Hace cinco días llegué a mi primer destino. Tras sobrevolar el Kilimanjaro en un avión de hélices, y ver la mítica imagen de esta montaña sobrepasando las nubes, aterricé en Kilimanjaro international airport. Es el más cercano a Arusha, la capital del norte y la sede de todos los negocios y administración de los parques nacionales. Al día siguiente, 4 de Abril de 2019, me reuní con el veterinario jefe de la institución gubernamental competente y responsables de investigación en parques nacionales. Detenidamente le explicaba todas las áreas de interés donde podríamos colaborar y la importancia de conocer su opinión para poder presentar propuestas de proyectos realistas y eficaces. La reunión concluye de forma muy positiva, a la espera de completar información al visitar algunos de los parques nacionales de Tanzania.
Culturas en Tanzania
En este país conviven numerosas culturas ancestrales, cada una con tradiciones e idiomas diferentes. Por tanto para poder comunicarse se han adoptado dos idiomas, el ingles y el swahili. En el este de África todo el mundo habla dos idiomas como mínimo, masai y swahili, chagaa y swahili … y puesto que la mayoría han ido a la escuela, también hablan un perfecto ingles. La religión es en su mayoría cristiana protestante, pero hay muchos musulmanes, especialmente en las costas cerca de Zanzíbar. Todas estas culturas son dignas de admiración pues sus habitantes están muy orgullosos de sus orígenes. Sin embargo la cultura masái es la que ha captado la atención internacional por haberse aferrado a sus tradiciones y no dejarse influenciar por occidente ni oriente. Esta afirmación merece una corrección. Sí hay masáis viviendo en ciudades, vestidos como occidentales y con trabajos “normales”, pero aún hay una mayoría que vive de forma tradicional. Algunas personas de alta educación, quienes no parecen apoyar este estilo de vida ancestral, hacen comentarios como “la tradición es lo que nos dificulta el desarrollo”. Supongo que estas afirmaciones no están lejos de la verdad. De un lado queremos países desarrollados, por otro mantener las tradiciones y además no destruir la fauna. Esto abre un abanico de cuestiones y mucha hipocresía.
El pasado 4 de Abril, jueves, Jomo y Richard vinieron a recogerme a mi hostal. Jomo es un muchacho delgado algo desgarbado, con un nivel bajo de ingles pero con un gran corazón. Richard, fuerte y de buena apariencia, más bien parece un afroamericano por el acento, la gorra y chulería características. Ambos son buenos chicos y me han ayudado mucho en este viaje.
«Bajo la sombra de los pocos árboles descasan, esperan y ven la vida pasar.«
Conduciendo el Land Cruiser en dirección Noroeste, y tras salir del distrito de Arusha, nos adentramos en la tierra de los Masáis que se extiende cientos de kilómetros bordeando el Serengueti hasta Kenia. Aquí las construcciones normales son chozas de adobe y tejados de paja agrupados en pequeños asentamientos de diez a veinte casas. En el centro un boma o cercado de espino donde guardar el ganado de noche. Los hombres y niños guían a los reducidos rebaños de cabras en busca de pasto o arbustos. Es difícil ver un brote de hierba fresca. Alguna gente tiene vacas, pero debido a la aridez del terrenos y adversidad del clima, las cabras sobreviven mejor. Bajo la sombra de los pocos árboles descansan, esperan y ven la vida pasar.
Tras varios kilómetros pedí que detuviésemos para captar una imagen preciosa que parecía sacada del pasado. Una mujer Masai vestimenta malva remangada por encima de las rodillas, llenaba de agua los bidones amarillos a unos metros adentrada en el lago. Entiendo que a ese nivel el agua tiene menos barro que en la orilla. En tierra las niñas la esperaban para cargar los recipientes llenos en burros. Otros asnos sueltos saciaban la sed. En un segundo plano, un hombre con vacas y otros dos niños cinchaban su animal de carga. Por suerte pude hacer una fotografía. Estas excavaciones que almacenan agua de lluvia están hechas por el gobierno. Como su nombre lo indica sólo tienen agua cuando llueve. Tengo una gran admiración y respeto por estas gentes que viven contaminado menos que el mejor conservacionista de un país desarrollado o de áreas pudiente de países en vías de desarrollo. No tienen electricidad, ni conocen el consumismo. Un teléfono móvil los conecta con el resto del planeta. Aparato que cargan cuando visitan a alguien del pueblo o con suerte con alguna placa eléctrica. Al igual que otros pueblos indígenas, ellos son lo poco que quedan de lo que éramos y son nuestra versión más natural. Pero al igual que todo lo natural que les rodea, tienen un futuro incierto.
En el territorio masai, las tierras les pertenecen por derecho hereditario. Tradicionalmente eran nómadas, lo que implicaba desplazarse por tierra de nadie en busca de pastos. En los últimos años se ha promovido la agricultura, basada principalmente en el maíz, lo cual está haciendo que se vuelvan más sedentarios. En zonas colindantes con parques naturales, ahora se cultivan tierras antes ocupadas por la sabana, zonas históricas de paso de animales, de elefantes entre otros muchos. En una noche una mandada puede comerse y pisotear un huerto familiar que produce el alimento de todo el año. Esto lleva a conflicto.
Existen métodos paliativos: vallas de abejas, de picante, espantar a los elefantes con tambores, con luces de alta intensidad… Pero los resultados no son totalmente efectivos. Por esta razón cuando los furtivos son chicos de la zona, y matan a un elefante por sus colmillos, son protegidos por su comunidad pues el problema decrece y además consiguen dinero extra por el marfil. Por mucha empatía que se tenga con los humanos, a estas alturas este argumento no es una excusa. Entre todos tenemos que encontrar alguna solución, pero acabar con los elefantes no es una de ellas.
Antes de llegar al pueblo donde pasaríamos la noche, Mto wa Mbu, pregunté si podíamos visitar una aldea y ver los famosos bailes masáis. Evidentemente esto es algo preparado para turistas. Tras pagar 50$, un grupo de diez hombres y cinco mujeres cantan y bailan algunas canciones tradicionales. Este ritual junto a los grandes collares redondos aún son normales pero solo en bodas y celebraciones íntimas. Me sentí extraña y avergonzada al ver a esta gente bailando para mí, pero por otra parte, es una forma muy digna de ganarse la vida. Es la versión africana de una bailarina taconeando al son de la guitarra y al compás de las castañuelas en la plaza de España en Sevilla.
Al concluir la exhibición, el jefe de la tribu me llevó a una de las chozas, pues es el recorrido normal. Dentro hay dos pequeñas plataformas cubiertas con un cuero, que hacen de camas y un hueco para el fuego que es la cocina. Ringoine, que así se llama el jefe, me preguntó qué quería saber de los masáis y en aquel pequeño cobertizo comenzó una conversación profunda y casi espiritual. Muy educada, cercana y tranquila le pregunté:
¿Que piensas de la fauna salvaje?
¿En un problema para vosotros?
¿Sois conscientes de cómo están decreciendo las poblaciones?
Ringoine, contestó que él esta educado y no mata animales salvajes, que sabe que tienen que abandonar la tradición de cazar a un león o un gran felino para hacerse hombres. Me contaba que hay una señora blanca a quien llaman Mama Simba (madre león) que les ha dicho esto. Contenta de su respuesta, y sintiendo la sintonía entre nosotros le comenté:
– Me alegra mucho que pienses así, sin embargo tú sabes que hay otros muchos masáis que tienen opiniones diferentes. También que cuando un masái mata a un león o a un elefante, todos vosotros sabéis quien es y lo protegéis.
Bajó la mirada avergonzado, donde se podía leer un gesto de afirmación. Mirándole a los ojos, con el corazón abierto le dije.
– ¿Sois conscientes de que si seguimos haciendo esto, en esta tierra en diez años, máximo veinte, no habrá elefantes ni leones? Y entonces, ¿qué será de este lugar sagrado? Los masais sois conocidos como los grandes guardianes, guerreros de la tierra ¿Qué clase de guardianes seréis entonces? ¿Guardianes de cabras? Los espíritus habitan en vosotros y en todos los seres salvajes, cuando mueran todos los animales, esta tierra morirá y con ella la entidad de los masáis.
Emocionado me miró y me dijo:
—Nunca nadie me había dicho esto así. Ahora lo entiendo. Tenemos que hacer algo. ¿Qué podemos hacer?
Con una sonrisa en el alma le dije:
—Vosotros sois como una gran familia, necesitamos un líder de líderes que inspire y comunique el mensaje a otros. No hay tiempo para educar sólo a niños. Tenemos que hacerlo ahora, y tenemos que hacerlo nuestra generación. Podemos intentarlo con apoyo del gobierno. Voy a hablar con mis contactos en las autoridades competentes y vamos a proponerles un proyecto.
Días más tarde hablando con mi primo Lasse me dijo que quería hacer un voluntariado. Yo soy muy escéptica con los voluntariado en África. Pero en este caso era diferente, teníamos el proyecto y la necesidad real. Él acaba de terminar una ingeniería y a sus veinte y pocos está cargado de energía y determinación. En mayo este mismo año, 2019, ya estaba aterrizando en Arusha.
En Junio, mi padre, maestro de profesión y aventurero de vocación, se unía a Lasse. Gracias a la empatía y respeto de ambos, pronto encajaron perfectamente en la comunidad de Mosses, y fueron adoptados como los «masais blancos». Además de estas dos cualidades, hay que añadir la gran capacidad de adaptación a condiciones extremas que ambos comparten. Pues dejando el romanticismo de un lado, no es tarea fácil para un occidental vivir durante dos meses sin agua, luz, comiendo una vez al día y durmiendo en un camastro.
Mosses es un emprendedor que está decidido a hacer el bien por su gente y está comprometido con la fauna salvaje. Lo conocí a través de Jomo, lleva varios años colaborando con ONGs internacionales y siempre busca nuevos aliados. Su comunidad de unas 3000 personas, los Lossimingory están en el corazón del conflicto humano-fauna salvaje.
Además de vivir una experiencia altamente enriquecedora, hacer de enfermeros y maestros de inglés, junto a Mosses, Lasse y Juan Luis, se reunieron numerosas veces con los líderes del poblado para acordar prioridades. Por mi parte, propuse medidas para mitigar el conflicto con la fauna.
Actualmente tenemos un buen proyecto a través de la Fundación Wild Spirit.
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